sábado, 19 de julio de 2014

Extraño a mis amigos...



Extraño a mis amigos, a la amiga que fui con ellos. Saber sus vidas, contarles la mía. Extraño tener algo para contar. La adrenalina de la emoción constante, la emoción cambiante.


Las amistades de adolescencia, las excusas para todo lo que no teníamos, el consuelo para todo lo que creíamos no necesitar. Los amigos del crecimiento, de dolor y pasiones. Esos que me impulsaron para despegar, los que me dijeron “pase lo que pase acá estamos” y ahí seguían.
 






Extraño los años de vorágine, de poder elegir a dedo y que siempre sobre, de vivir con lo mejor de los dos mundos, de ser casi irreal. Es cierto que varios domingos eran interminables y  algunos lunes por la tarde y ocho meses de cada año. Pero el resto era sueño y desafío, era pellizcarse para creer o reventar.  

 

Extraño la vida de momentos instantáneos, los cafés de Malvinas, la complicidad, esa sonrisa que dice te quiero, el abrazo, sentarnos a la mesa y encontrar la palabra justa que cambie la realidad, hasta que se enfríe el café y doblemos la esquina a casa.

 

Los extraño y me extraño a mí misma, pero sobre todo extraño  lo que aún no pasó, encontrar un mundo a medida. Ojala tanto café, no haya sido en vano.
 


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