Hay dos manos que traducen gritos a garabatos, ojos a medio cerrar, orejas
cubiertas por el frío y un pie que camina mientras el otro patea una valija por
la calle. Esa persona que me habita, no soy yo.
Incluso el herrero que huye del cuchillo de palo, se queda sin cubiertos en
la cocina y yo llegué a empalagarme del mundo siendo viajera.
Si no había que dormir, no dormía, si había que tener hambre, tenía. Mis
viajes eran una mezcla de aventura, osadía, relojes sin agujas, realidad ahumada
y cartel de taxi libre pegado en la frente.
Pero a este viaje llegué casi descalza, con la mitad de la valija vacía,
haciendo dedo en el aeropuerto al primer avión que salía a cualquier parte.
Estoy en Nueva Zelanda, que bien puede ser un barrio privado de 300 metros
porque no soy capaz de salir a ver qué pasa.
Necesitaría que alguien inventara un GPS neuronal que me ubique en tiempo y
espacio para re-calcular mi presente. No logro salir a la vida que corre del otro
lado de la ventana, que ni siquiera es mi ventana.

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