jueves, 7 de agosto de 2014

¿Cómo vuelve el herrero a creer en el hierro?



 
Hay dos manos que traducen gritos a garabatos, ojos a medio cerrar, orejas cubiertas por el frío y un pie que camina mientras el otro patea una valija por la calle. Esa persona que me habita, no soy yo.

Incluso el herrero que huye del cuchillo de palo, se queda sin cubiertos en la cocina y yo llegué a empalagarme del mundo siendo viajera.
 






Si no había que dormir, no dormía, si había que tener hambre, tenía. Mis viajes eran una mezcla de aventura, osadía, relojes sin agujas, realidad ahumada y cartel de taxi libre pegado en la frente.

 

Pero a este viaje llegué casi descalza, con la mitad de la valija vacía, haciendo dedo en el aeropuerto al primer avión que salía a cualquier parte. Estoy en Nueva Zelanda, que bien puede ser un barrio privado de 300 metros porque no soy capaz de salir a ver qué pasa.

 

Necesitaría que alguien inventara un GPS neuronal que me ubique en tiempo y espacio para re-calcular mi presente. No logro salir a la vida que corre del otro lado de la ventana, que ni siquiera es mi ventana.




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