martes, 3 de febrero de 2015

Querido Diario...

 
Hace 12 meses que no te escribo, después de una tradición que llevé a cabo durante 14 años. No sé cuál puede ser mi mejor excusa, quizá ciertas decepciones que prefería no registrar, como si se pudiera borrar también la realidad, que casi siempre es la realidad recordada.

 

La última vez que nos vimos, estaba en España, a punto de cruzar a Francia con 40 kilos de equipaje, sin papeles, con algo de dinero y sin la menor idea de cómo iba a ser de mi vida. Terminé durmiendo en casi 40 ciudades, carpa, motor-home, barco, casa, departamento, habitación prestada, estacionamientos, jamás volví a ver una percha, ni un escritorio, ni un picaporte...

 

Para ser sincera no arrancó tan mal, los primeros tres meses estuve en una casa medieval en el centro histórico de Rennes a pasos del mercado regional lleno de productos bio y de una de las bibliotecas más nutridas de la región bretona. Un sueño que como todo sueño, duró una larga noche, hasta que vi rodando mis valijas por las calles de piedra atascando cada rueda, hasta casi quebrarlas, cosa que pasó un tiempo después. Un tren incómodo y demasiado largo, me llevó hasta la ciudad de Lorient para vivir en un barco viejo, chico y demasiado húmedo en el puerto de una ciudad gris y sin gracia. De allí, sin escalas, partí en 36 horas de vuelo hacia las islas del pacífico, un paraíso en llamas por muchas razones que prefiero dejar en el olvido. En cuanto pude me escapé a Nueva Zelanda y mi pulso moribundo, se fue acelerando con la adrenalina de una tierra vendecida por la aventura.

 

El regreso a Francia fue controversial. Se sucedieron los tres meses más difíciles de todos. En carpa, hacia finales del otoño, con frío, saliendo a “buscar un yuyo sanitario” en medio de un enjambre de mosquitos, sin agua caliente, sin heladera, sin gas. Latas de comida y toallitas húmedas. Me recordó mucho al cruce de los Andes que hice a caballo, solo que infinitamente más largo, a través de autopistas, mirando de lejos la vida normal de la gente en sus casas, con sus perros y yo, que no tenía ni siquiera papeles en regla.

 

Me dolieron muchas cosas, pero sin dudas lo peor fue no poder escribir ni de la realidad en el diario que había abandonado ni de la ficción que de ninguna manera podía ser más irreal que mi vida.

 

Llegar a Argentina fue reencontrarme con mi sobrina más chiquita, con la que soñé durante todo el vuelo y con mis hermanos, mi mamá y toda la gente que me recibió en el aeropuerto. El peso del año se me notaba en el cuerpo, en la cara, en el pelo. No tuve que contar detalles. Me gustó descubrir buenas razones para quedarme, pero tuve que volver a Francia, para la revancha.

 

Y aquí estoy, hace un mes que vivo en ICARE, tiene casi 11 metros, 8 ventanas, dos habitaciones, un baño con ducha caliente, una cocina con horno a gas, una heladera inmensa, cuatro roperos, un sillón, una biblioteca y un bendito escritorio lleno de mapas para navegar el mundo, pero donde de momento apoyo mi cuaderno y mi lápiz para retomar mi diario y empezar mi próxima novela, que ya lleva 70 páginas. Nada mal.


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