jueves, 12 de marzo de 2015

CUBA



 
La Habana en 2008 es tan subdesarrollada como cualquier otra ciudad de América Latina, misma inseguridad, misma miseria, no imagino un país más desigual y enfermo de poder como éste. Hay racismo, riqueza, corrupción, descortesía e indiferencia.

La delincuencia, la prostitución y la droga burlan las fuerzas opresoras del estado. Tienen una moneda hiper-devaluada “por culpa del bloqueo” (léase corrupción). Comen, beben y se visten con artículos de emergencia, en cambio para el turista hay un mercado negro diferencial de cervezas y de infraestructura hotelera que hace que los cubanos quieran convertirse en extranjeros. Se vuelven locos por acceder a la moneda, algunos por hambre, pero en su gran mayoría, por ambición.

La Habana se cae a pedazos (a excepción de “la fachada” del Malecón que está mantenida por la UNESCO). Los hoteles de “lujo” se mantienen con cables y tornillos pero se pagan como si fueran de primerísima clase.

 

Cuba es “el monumento a la burocracia” cada transacción es a su manera y a sus tiempos. Deben estar listos para que un bus lujoso los lleve al aeropuerto en ruinas a tomar un avión de año 69 destartalado, para llegar a un hotel en cuyo loby te reciben con música en vivo y te sirven un trago de cortesía, mientras te explican que sobre-vendieron tu habitación y que te tenés que ir a otro hotel (mucho más lejos). También hay que estar listo para sentirse carne de cañón ante la juventud excitada de ron y calor que te acosa a cada paso.

 

El resto del pack turístico que se vende para “conocer Cuba” es una estadía en las playas de Varadero y Cayo Largo, dos versiones de Miami low cost, que de Cuba tiene solo las palmeras, todo lo demás es importado, barato, masivo, muy diferente a la vida real que empieza unos metros más allá de donde termina el brazalete all inclusive.



 




Luego de esta experiencia tomé la decisión de jamás volver a contratar “viajes pre-armados de agencias” porque no son más que una fábrica de hacer dinero de la ilusión y la mentira. Nadie que quiera conocer un país, va a poder hacerlo con un tour de este tipo.

Con lo cual, seis meses más tarde volví a Cuba sola sin mi familia. Me juré no pisar la Habana ni las playas de exportación. Alquilé un auto, compré una guía de ruta y le dí la vuelta entera a la Isla en un mes y medio. Viví en las casas de los cubanos, comí cerdo recién “hecho” en el fondo de una casa, estuve en medio de disputas raciales feroces, vi la pobreza desde adentro, la humildad, la sabiduría, la libertad, la naturaleza, los últimos rincones vírgenes del mudo.  

 

Mi conclusión de este segundo viaje, fue parecida a la primera, Cuba es un país en emergencia, pero aprendí que para darse cuenta cuán diferente somos unos de otros, hay que llegar a convertirse en el otro. Esa fue Cuba para mí. Mucho más dura y peligrosa que la primera vez, pero mucho más simple y verdadera.







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