La Habana en 2008 es tan subdesarrollada como cualquier otra ciudad de
América Latina, misma inseguridad, misma miseria, no imagino un país más desigual
y enfermo de poder como éste. Hay racismo, riqueza, corrupción, descortesía e
indiferencia.
La delincuencia, la prostitución y la droga burlan las fuerzas opresoras
del estado. Tienen una moneda hiper-devaluada “por culpa del bloqueo” (léase
corrupción). Comen, beben y se visten con artículos de emergencia, en cambio
para el turista hay un mercado negro diferencial de cervezas y de
infraestructura hotelera que hace que los cubanos quieran convertirse en
extranjeros. Se vuelven locos por acceder a la moneda, algunos por hambre, pero
en su gran mayoría, por ambición.
La Habana se cae a pedazos (a excepción de “la fachada” del Malecón que
está mantenida por la UNESCO). Los hoteles de “lujo” se mantienen con cables y
tornillos pero se pagan como si fueran de primerísima clase.
Cuba es “el monumento a la burocracia” cada transacción es a su manera y a
sus tiempos. Deben estar listos para que un bus lujoso los lleve al
aeropuerto en ruinas a tomar un avión de año 69 destartalado, para llegar a un
hotel en cuyo loby te reciben con música en vivo y te sirven un trago de
cortesía, mientras te explican que sobre-vendieron tu habitación y que te tenés
que ir a otro hotel (mucho más lejos). También hay que estar listo para
sentirse carne de cañón ante la juventud excitada de ron y calor que te acosa a
cada paso.
El resto del pack turístico que se vende para “conocer Cuba” es una estadía
en las playas de Varadero y Cayo Largo, dos versiones de Miami low cost, que de
Cuba tiene solo las palmeras, todo lo demás es importado, barato, masivo, muy
diferente a la vida real que empieza unos metros más allá de donde termina el
brazalete all inclusive.
Luego de esta experiencia tomé la decisión de jamás volver a contratar
“viajes pre-armados de agencias” porque no son más que una fábrica de hacer
dinero de la ilusión y la mentira. Nadie que quiera conocer un país, va a poder
hacerlo con un tour de este tipo.
Con lo cual, seis meses más tarde volví a Cuba sola sin mi familia. Me juré
no pisar la Habana ni las playas de exportación. Alquilé un auto, compré una
guía de ruta y le dí la vuelta entera a la Isla en un mes y medio. Viví en las
casas de los cubanos, comí cerdo recién “hecho” en el fondo de una casa, estuve
en medio de disputas raciales feroces, vi la pobreza desde adentro, la
humildad, la sabiduría, la libertad, la naturaleza, los últimos rincones
vírgenes del mudo.
Mi conclusión de este segundo viaje, fue parecida a la primera, Cuba es un
país en emergencia, pero aprendí que para darse cuenta cuán diferente somos
unos de otros, hay que llegar a convertirse en el otro. Esa fue Cuba para mí.
Mucho más dura y peligrosa que la primera vez, pero mucho más simple y
verdadera.
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