Me prometo a mí
misma que este será mi último viaje. No más tickets, no más valijas, no más
meter las cremitas en una bolsita ziploc.
Después de 8
meses de haber dormido en más de 40 ciudades entre Argentina, España, Francia y
Nueva Caledonia...mañana viajo a Nueva Zelanda donde quizá me toque dormir en
10 ciudades más.
Me niego a
hacer la cuenta de lo que perdí en el camino, a veces no quedan ni siquiera los
recuerdos, porque se tropiezan, se superponen las caminatas, los monumentos,
las fotografías...
Por las buenas
o las malas, me detengo, no me permito seguir perdida por el mundo. Por más que
me cueste aceptarlo, el departamento de Auckland se parece demasiado al de La
Plata. Los buses del aeropuerto de Madrid, son iguales a los de París. Las
horas pico en Noumea, los embotellamientos de Rennes, las colas de los
supermercados, las cajeras....los cereales. Si el mundo es tan parecido, no
entiendo porque le sigo dando la vueltas.
Más que mi
último viaje, es mi último mundo. Necesito inventar uno diferente. Quiero ser
dueña del tiempo y que ya no exista el check-out a las 10 de la
mañana porque después de 30mil kilómetros estoy convencida, de que lo que
salí a buscar, estaba más dentro mío que afuera.


