miércoles, 27 de agosto de 2014

NEW ZEALAND


Nueva Zelanda es una cancha de golf para gigantes con 18.000 hoyos, algo así como Jurassic Park cuando te vas acercando en helicóptero por las colinas verdes pero que en vez de dinosaurios son Kiwis, una especie de pajarito gordo sin alas con pico de aguja y que también es la fruta pero que no es verde adentro, sino amarilla...sí, Nueva Zelanda exporta kiwis verdes al mundo pero ellos, comen LOS AMARILLOS que son mucho más dulces.
 


 
 
 


Es el país de la limpieza donde jamás se ve a nadie limpiando. No hay codazos, ni escupidas, ni bocinas, incluso en la hora pico de la Capital, que no es Auckland sino Wellington. Tienen una empresa NACIONAL “Pams” que es buena, barata y multi-rubro, algo que hace rato no veo por otros sitios. No hay Waltmart ni Carrefour y si no fuera por Mc Donalds, se llamaría “New-utopía”

 

El kiwi es una versión del inglés relajado, que se toma el tiempo con más pausa, no tan obsesivos ni nerviosos, aunque en el fondo son ingleses, llenos de Twinings y desayunos con huevos fritos. Manejan a la izquierda y con caja automática, así que les sobra una mano y un pie, que por supuesto ponen arriba del acelerador. Una experiencia extrema a la que un día o dos intentos de suicidio, te terminan de acostumbrar, aunque nunca dejas de pensar que los que vienen de frente están completamente en infracción.

 

Nueva Zelanda definitivamente es MUJER porque tienen baños públicos cada 5 kilómetros a lo largo y ancho de todo el país y lejos del imaginario colectivo, no es una rubia estilo australiano, al contrario, tiene rasgos Maori, de pelo negro, morrudita y con una barba tatuada en la pera.

 

Para el que quiera venir, les confirmo el consejo popular, hay que sacar un solo ticket de ida sin retorno y una valija con dos temporadas, porque estando en este pequeño paraíso, la tentación es casi obligatoria y uno logra olvidar los terremotos, tsunamis y erupciones, recorriendo las góndolas de precios FIJOS.

lunes, 11 de agosto de 2014

Tía por qué te fuiste...




Mi sobrina tiene un año, pero ya voy pensando una respuesta para cuando hágala pregunta. El día que nació yo estaba cerrando las valijas. Me fui 9 días después.

 

Es mentira que la tecnología acorta distancias y tampoco es cierto que si uno la pasa bien, todo duele menos. Te veo crecer al otro lado de la pantalla y me pregunto si los que están ahí cerca cambiándote el pañal o atajando todo lo que tiras al piso, conocen el valor de ese pequeño lujo cotidiano.

 

Hago una lista. Porque la tía siempre anduvo por todos lados y le costaba entender que al final había que volver a casa, porque sale más barato vivir afuera que subirse cada tres meses al primer avión que salga a cualquier lado, porque en la vida hay una edad para todo y justo el año que vos naciste era mi edad de partir, porque si me hubiera quedado durmiéndote en mis brazos, no me hubiera ido nunca.

 

Sobrina, escribo y borro y tengo miedo de confesarte que hay una sola razón y que te parezca insuficiente. Perdí algo muy, pero muy importante, como si fuese tu juguete favorito, sin el que te parece imposible dormir de noche. Imaginate el mundo sin mamaderas, sin chupetes... sé que crees que nunca va a pasar pero pasa.

 

El problema es que se me desapareció de entre las manos, como cuando te queda un pedacito de jabón y se va perdiendo abajo del agua y vos queres guardar un poquito para más tarde, pero no tenes forma de unirlo de nuevo.
 
 
 
 

 
No puedo aceptar, no puedo entender, no puedo vivir sin recordar día a día esos últimos momentos y la distancia no borra la memoria, así que al final no sé por qué me fui, como tampoco sé por qué lo perdí ni por qué lo busco todavía. Lo único que sé, es que vos tenes un añito y no entendes nada de lo que te quiero decir, así que voy a esperar al día en el que te puedas ir a dormir sin tu juguete favorito, a ver si me podes enseñar cómo se hace.
 



jueves, 7 de agosto de 2014

¿Cómo vuelve el herrero a creer en el hierro?



 
Hay dos manos que traducen gritos a garabatos, ojos a medio cerrar, orejas cubiertas por el frío y un pie que camina mientras el otro patea una valija por la calle. Esa persona que me habita, no soy yo.

Incluso el herrero que huye del cuchillo de palo, se queda sin cubiertos en la cocina y yo llegué a empalagarme del mundo siendo viajera.
 






Si no había que dormir, no dormía, si había que tener hambre, tenía. Mis viajes eran una mezcla de aventura, osadía, relojes sin agujas, realidad ahumada y cartel de taxi libre pegado en la frente.

 

Pero a este viaje llegué casi descalza, con la mitad de la valija vacía, haciendo dedo en el aeropuerto al primer avión que salía a cualquier parte. Estoy en Nueva Zelanda, que bien puede ser un barrio privado de 300 metros porque no soy capaz de salir a ver qué pasa.

 

Necesitaría que alguien inventara un GPS neuronal que me ubique en tiempo y espacio para re-calcular mi presente. No logro salir a la vida que corre del otro lado de la ventana, que ni siquiera es mi ventana.