martes, 17 de marzo de 2015

CANADA



Hacía mucho tiempo que tenía ganas de conocer CANADA, el segundo país más grande del mundo. Antes de llegar hice una parada en Boston, porque también tenía ganas de conocerlo y porque además comparte esta dualidad con Canadá de ser un poco americano y un poco inglés. Fue realmente una gran sorpresa, sobre todo al anochecer cuando las calles de piedra se iluminaron con farolas de gas y me parecía ver a Jack el destripador en cada esquina. El aire puritano, arquitectura victoriana  y el Havard,  dan el toque “cortés” que la hace legendaria.

 

Luego del paso de frontera y el pago de la visa más corta y más cara que existe llegué a Quebec. Me recordó al barrio latino de París pero con calles empinadas, empedradas y casi desiertas…el toque diferente fue hospedarse en el castillo medieval de CHATEAU FRONTENAC!! Solo 600 habitaciones disponibles, las mejores vistas, la mejor calidad, uno de los desayunos más ricos y completos de toda mi vida y esa misma noche, probé la famosa sopa de cebollas que nos recomendaron, una ciudad deliciosa.

 

Montreal tiene toda la impronta de capital canadiense, inmensa, moderna, prolija, amable,  inteligente. Tiene un sistema de túneles, de vida subterránea que permite vivir “normalmente” durante los casi seis meses de invierno con temperaturas de entre 15 y 30 grados bajo cero. Cada local, shopping, oficina, estacionamiento, comercio, incluso casas, tiene su “subsuelo habitable” que se comunica con otros por “calles”, “veredas” y “pasajes”. Aproximadamente el 40% de la ciudad está conectada por vía subterránea. Lo otro que me llamó la atención fue el extremo cuidado por la higiene, la limpieza, la ecología y los buenos modales. Sin duda todo esto es herencia de su costado europeo.

 

Pero la capital de Canadá no es Montreal, sino Ottawa, por el mero capricho de no superpoblar la metrópolis y porque es mucho mejor tener toda una ciudad parlamentaria, donde reunir a los políticos y nadie más.

 

Toronto sí es una ciudad “americana”, llena de tráfico, de suciedad, de ruidos, con enormes edificios, en cierto modo algo hostil y con graves problemas de violencia y depresión durante los meses fríos. El gobierno desparrama ambulancias por las calles para rescatar a los borrachos de la muerte por hipotermia. Una realidad bastante más triste de lo que se cree, pero cerca de las Niágaras al menos.

¿Qué decir de las cataratas? Que al igual que Argentina y Brasil, Canadá y Estados Unidos tienen un reparto poco parejo de la cosa, siendo Canadá la más favorecida y la otra diferencia es la visión de infraestructura y marketing. Más que un circuito, las Niágaras son toda una ciudad al servicio de la atracción. Hoteles, casinos, parque de diversiones, shoppings y paseos.
 
 
 
 
 
 


Todas las noches a partir de las ocho, las cataratas se iluminan con enormes franjas del color del arcoíris. Es el momento ideal para sentarse en uno de los restaurantes giratorios.



jueves, 12 de marzo de 2015

CUBA



 
La Habana en 2008 es tan subdesarrollada como cualquier otra ciudad de América Latina, misma inseguridad, misma miseria, no imagino un país más desigual y enfermo de poder como éste. Hay racismo, riqueza, corrupción, descortesía e indiferencia.

La delincuencia, la prostitución y la droga burlan las fuerzas opresoras del estado. Tienen una moneda hiper-devaluada “por culpa del bloqueo” (léase corrupción). Comen, beben y se visten con artículos de emergencia, en cambio para el turista hay un mercado negro diferencial de cervezas y de infraestructura hotelera que hace que los cubanos quieran convertirse en extranjeros. Se vuelven locos por acceder a la moneda, algunos por hambre, pero en su gran mayoría, por ambición.

La Habana se cae a pedazos (a excepción de “la fachada” del Malecón que está mantenida por la UNESCO). Los hoteles de “lujo” se mantienen con cables y tornillos pero se pagan como si fueran de primerísima clase.

 

Cuba es “el monumento a la burocracia” cada transacción es a su manera y a sus tiempos. Deben estar listos para que un bus lujoso los lleve al aeropuerto en ruinas a tomar un avión de año 69 destartalado, para llegar a un hotel en cuyo loby te reciben con música en vivo y te sirven un trago de cortesía, mientras te explican que sobre-vendieron tu habitación y que te tenés que ir a otro hotel (mucho más lejos). También hay que estar listo para sentirse carne de cañón ante la juventud excitada de ron y calor que te acosa a cada paso.

 

El resto del pack turístico que se vende para “conocer Cuba” es una estadía en las playas de Varadero y Cayo Largo, dos versiones de Miami low cost, que de Cuba tiene solo las palmeras, todo lo demás es importado, barato, masivo, muy diferente a la vida real que empieza unos metros más allá de donde termina el brazalete all inclusive.



 




Luego de esta experiencia tomé la decisión de jamás volver a contratar “viajes pre-armados de agencias” porque no son más que una fábrica de hacer dinero de la ilusión y la mentira. Nadie que quiera conocer un país, va a poder hacerlo con un tour de este tipo.

Con lo cual, seis meses más tarde volví a Cuba sola sin mi familia. Me juré no pisar la Habana ni las playas de exportación. Alquilé un auto, compré una guía de ruta y le dí la vuelta entera a la Isla en un mes y medio. Viví en las casas de los cubanos, comí cerdo recién “hecho” en el fondo de una casa, estuve en medio de disputas raciales feroces, vi la pobreza desde adentro, la humildad, la sabiduría, la libertad, la naturaleza, los últimos rincones vírgenes del mudo.  

 

Mi conclusión de este segundo viaje, fue parecida a la primera, Cuba es un país en emergencia, pero aprendí que para darse cuenta cuán diferente somos unos de otros, hay que llegar a convertirse en el otro. Esa fue Cuba para mí. Mucho más dura y peligrosa que la primera vez, pero mucho más simple y verdadera.







martes, 3 de marzo de 2015

PARÍS---LONDRES



El viernes 28 de Junio de 2002, pisé por primera vez Europa. Llegamos a Francia con un nivel de francés básico, pero aceptable. Nos hospedamos en el “Tivoli Etoile” detrás del Arco de Triunfo.

 

El sábado, mapa en mano, hacia los restos de la Bastilla, apliqué toda mi imaginación para recordar cada frase eufórica de aquella toma revolucionaria, pero 4 piedras alzadas no lograron transportarme más lejos que el bistrot de en frente. Nos sentamos a pedir nuestro primer “Plat du jour” sorpresivo, económico y contundente. Hacia la tarde llegó el plato fuerte: EL BARRIO LATINO, lleno de ateliers y hoteles bohemios. Para terminar el día, nos tomamos un té en un “bar-quito” a orillas del Siena, frente a la Notre Dame.
 


 
 
 


El domingo tocó excursión programada hacia Versalles. Descubrí en una de las habitaciones, el famoso cuadro de auto-coronación y con lo que nos quedó del día, fuimos justamente allí, a Les Invalides, a visitar la tumba de Napoleón.

 

El martes a la noche, el laboratorio Galderma que había becado a mamá, nos invitó a una cena de gala en bateau recorriendo París, casi a los pies de la Torre Eiffel y con música en vivo. El jueves visitamos Montparnasse, muy turístico y popular. A la tarde salimos en un tour hacia Giverny, la casa de Monet que era un cuadro vivo de su impresionismo más fiel.
 

Antes de volvernos a casa aprovechamos la conexión express del eurostar para cruzar a Londres. Fue difícil convencer a los agentes de migración que con tantas valijas que teníamos, solo íbamos por una noche y dos días, pero al fin nos dejaron pasar. Luego de diez años de inglés británico, NO ENTENDÍA NADA LO QUE ME DECÍA LA GENTE, quizá era una deformación de tanto viaje a Estados Unidos, o la emoción de escuchar ese acento tan pronunciado. Yo era la encargada de interpretar las instrucciones para llegar al hotel, pero estaba tan maravillada con lo que escuchaba, que no podía sacar ningún dato en limpio. De alguna forma, llegamos hasta el Regent Palace de Picadelly. Jamás había visto una habitación como esa, era una especie de cápsula con un baño como de cabina de avión.

 
 
 
 


Primer paseo turístico: el bus colorado. Había sido un día largo, era casi de noche, pero igual subimos a uno que pasaba cerca y entendimos que luego nos volvería a traer al mismo sitio. Yo no sabía si mirar a la gente, los detalles del bus histórico o los edificios iluminados. Para el desayuno entendimos que aquello de huevos revueltos y bacon con sal no era ninguna broma, parecía como si los ingleses no fueran a comer nada más en todo el día. De todas formas no me quejé, porque tenía una bandeja repleta de TWININGS exclusiva para mí. Esa misma mañana conocimos la llovizna y la eterna nube gris londinense, mis pelos parecían gravitar en la luna.

Luego tocó recorrer LA TORRE DE LONDRES y después caminata directa a la casa matriz de Twinings. A pesar de que la dirección figura en todas las latas de té, me costó creer que era aquel local de un metro y medio de ancho, es decir una especie de pasillo, en donde una sola estantería ofertaba los diferentes aromas disponibles. Salí de allí con mi bolsita y mi caja de colección que decía “made in London since 1776”.

 

Y eso fue casi todo lo que pudimos ver. Además de una breve pasada por la Trafalgar Square, el Big Ben y el castillo de Windsor. Lamentablemente fue el último congreso para mí, porque luego con la universidad y el trabajo fue imposible escapar de la rutina, pero jamás voy a olvidar el lujo de haber viajado con mamá y el legado de aventura que marcó mi vida.



 



viernes, 20 de febrero de 2015

Chicago....y Washington



El 26 de febrero del 2001, mamá y yo volamos hacia otro congreso de dermatología: Chicago, “The wind city”. Y lo era, al doblar una esquina, el viento deshizo las dos vueltas de mi bufanda y se la llevó por los aires junto a una de las manijas de mi bolsa de compras que se infló como un paracaídas detrás de mi brazo extendido.

 

Nos hospedamos en el hotel Congress, habitación 202, frente al Michigan. Lo primero que hicimos fue subirnos a un bus para tener una idea general. Ni bien se pasa detrás de los edificios y los comercios, aparecen los lagos, los verdes y las ardillas. El centro de la ciudad se encuentra bajo los carriles suspendidos del tranvía, “el loop”, que da la sensación de estar en medio de la revolución industrial.

 

El miércoles 28, hicimos caminata costera por el Michigan casi congelado y llegamos al puerto y los “piers” que son dársenas numeradas, cada una con su atractivo especial, en una hay shoppings, en otra parques de diversiones, tiendas gastronómicas...un puerto para cada necesidad. Elegimos el restaurante de Forest Gump, que ya habíamos conocido en San Francisco, una recreación comercial de la casa de Forest, con papel tapiz de florcitas, “recuerdos familiares” y pantallas estilo americano donde pasan la película en todos los idiomas. La carta no es ni más ni menos que un fast-food con nombres tipo Burger Bubba o Frites Jenies...con el detalle de que cuando recibís tu orden te hacen una serie de preguntas “solo para fanáticos” cuyo premio es una medida maxi de gaseosa.

 

Pero el congreso no era en Chicago, el verdadero destino era Washington. Lo bueno de todas las capitales del mundo es que por lo general tienen acceso gratuito a los museos más importantes del país. En este caso disfrutamos del Museo Espacial donde está toda la historia de la “llegada del hombre a la Luna” con los Apollos en fila como si se trata de una exposición de automóviles antiguos y una atracción muy americana: TOCAR UN PEDAZO DE LUNA. Una piedrita sobre un atril, a la que se llega después de 40 minutos de cola y que cuando uno la ve y sobretodo la toca, no puede dejar de pensar en los cantos rodados de la maceta de la abuela.

 

También conocimos el cementerio de Arlington y el monumento a los combatientes de Vietnam, esculturas tamaño natural de soldados que salen de las hierbas con armas y mirando el horizonte, al pasarles por al lado, te dan ganas de sacudirlos para convencerlos de que se vuelvan a casa.

 

Llego el día en el que mamá tuvo que empezar a dedicarse a su congreso y por muy cómoda que estaba la habitación del Hilton, decidí que con 15 años, tercer viaje a Estados Unidos y 8 años de inglés, ya era capaz de tomar el mapa y salir a caminar sola. Le dediqué un día a cada atracción, visité el museo de historia donde me saqué fotos con todos los presidentes americanos, el acuario y sus famosos “tiburones” (del tamaño de un atún engordado) y la pista de hielo que había en medio de un parque, para rememorar mis días de patín por Central Park. Me acostumbré a pedirle a la gente que me sacara una foto, porque sabía que esa primera aventura independentista, iba a ser una conquista histórica.

 
 
 


lunes, 16 de febrero de 2015

Yo estuve en las TORRES GEMELAS



El 9 de Marzo del año 2000, viajamos a CALIFORNIA, para un congreso de dermatología en la ciudad de San Francisco. Fue uno de los pocos viajes que hicimos las tres juntas, me refiero a mi hermana y mi mamá.

Recuerdo la limpieza de las calles, la modernidad de los edificios, la libertad sexual, el colorido de las tiendas, las calles de colina,  el ferrocarril casi de juguete, el vuelo de gaviotas y las olas rompiendo debajo del Golden Gate.

 

El Martes 14, le pedimos al conserje del hotel que nos llamara un taxi para llevarnos al aeropuerto, rumbo a Nueva York. Vimos entrar a un chofer con guantes blancos y galera que nos llamaba con acento “Fortinou, Fortinou”. Afuera no había ningún taxi y adentro no había nadie más en el lobby. Se acercó y nos preguntó: ¿You, Fortinou? Le contestamos: “¿You, airport?” Saludamos al conserje y salimos detrás del hombre. Frente a nosotros UNA LIMUSINA BLANCA y la galera con guantes que metía nuestras cosas en el baúl. Nos miramos las tres, una se reía, la otra rosaba la mandíbula contra el piso y la tercera pegaba saltitos como si estuviese electrocutada. Había claramente una confusión y como buenas viajeras de aventuras, nos apresuramos a sacar una foto y meternos dentro antes de que “fortinou” o quien sea, viniera a quitarnos la suerte. Tenía dos asientos enfrentados de cuero negro, una mesa en el medio, heladeras con bebidas y luces de colores. Nos reíamos a gritos, ya era demasiado bueno volar esa noche a Nueva York, pero despedirse de San Francisco en Limusina, era lo máximo. O todavía no. Cuando salimos del tráfico, el chofer bajó la ventana que separaba su zona de la nuestra y nos preguntó: ¿Are you ready? Yo me dije, ok acá nos mata. Y nos abrió el techo estilo cadilac para que nos asomemos a ver la bahía de noche.







El miércoles 15, llegamos a Nueva York. Jamás vi tanta gente junta cruzando una calle, era un enjambre de brazos que se chocaban y botones de sacos que se enganchaban con otros. Tuvimos que aceptar que pasaríamos las siguientes 48 horas junto a otras 15 millones de personas. 

 
Lo primero que hicimos fue tomar un ferry hacia estatua y escalar hasta la corona. Una de las experiencias más claustrofóbicas de mi vida. Una escalera caracol que se iba haciendo más angosta hasta tener la clara sensación de que te caminaban por encima de la cabeza y que probablemente para ese entonces tendrías 300 personas adelante y 500 detrás. Un vez arriba, la corona eran tres ventanales ahumados por los que no se veía nada y una foto movida entre una marea que pide a gritos que avances porque se están ahogando. Recién cuando volví a verla de lejos, pensé: Yo estuve ahí arriba e inmediatamente supe que no volvería a subir jamás. Para recuperar el aire nos fuimos hasta el Central Park, al otro extremo de la ciudad, con el mapa en manos de mi hermana. El lago estaba congelado, lástima, yo esperaba ver la típica postal de películas de verano con flores, bicis, rollers y gente de picnic. Lo bueno es que había una PISTA DE HIELO. Con mi hermana habíamos hecho algunos años de patín en el centro cultural cerca de casa y nos pareció que no podía ser demasiado complicado. De fondo sonaba una especie de jazz y a pesar de que me moría de risa con los trompos que daba mi hermana por el piso, me trataba de concentrar pensando: “Estas patinando sobre hielo en el Central Park”.
 

Antes de que terminara el día, tomamos un city-tour nocturno en un bus de dos pisos y desde el techo vimos todos los rincones de la ciudad que nos habían faltado, incluido BROKLYN y el cruce del puente al canto vivo de “new-york, new-york” de Sinatra en la voz de un guía entusiasta que parecía salido de una obra de Brodway. Fue en ese tour donde oí hablar de las torres gemelas por primera vez, porque hasta entonces para mí eran un decorado de los exteriores de “Friends”. Nos contó el nombre chistoso del japonés que las había diseñado, que era Yamasaki y él lo recordaba por “sacallama”.

 

El día siguiente era nuestro segundo y último día en Nueva York, con yamila de la guía salimos hacia la quinta avenida, el rockefeler center y las pendientes torres gemelas. Las dos eran muy similares, a excepción de que una tenía “antenas” y la otra tenía una terraza, que ya no recuerdo si era la sur o la norte, y estaba habilitada para visita. Hicimos la cola para el ascensor, una cápsula de aluminio que subió 116 pisos en menos de un minuto, dejándonos las uñas de los pies en el cerebro. Cuando se abrieron las puertas salimos a una planta rectangular absolutamente vidriada desde donde se veía toda Manhatan. Una gran parte de la planta superior estaba dedicada a la gastronomía, para que los turistas comieran o bebieran aprovechando la vista increíble. Luego había una sala de exposición con una maqueta a escala de la "city" la zona financiera de Nueva York, en cuyo centro se alzaban radiantes las torres y luego una sala donde se proyectaba un film con la historia de la ciudad y la construcción de las torres, incluida una breve referencia al atentado del año 1993 con explosivos que dañaron gran parte de las plantas inferiores. Recuerdo haber pensado: "Menos mal que estamos arriba de todo" y luego no había mucho más para hacer, salvo tomar una pequeña escalera hacia “La terraza”. Eso hicimos y ni bien pusimos una mano afuera, entendimos que estábamos a cuatro cuadras de altura del piso. El viento nos volaba los pelos, las camperas, las cámaras de fotos y todo lo que no estuviera encarnado. Puse mi mejor cara de “que linda experiencia” para la foto y volví a entrar agarrándome de las barandas como si las estuviera escalando. Desde allí, recogimos las valijas y nos fuimos al aeropuerto.
 

Yo era una adolescente en plenos años de secundaria, internet comenzaba a despegar como un medio popular de encuentro y de información y Harry Potter había llegado a expandir los límites de la ficción y las edades de inocencia...hasta que al año siguiente, el 11 de Septiembre del 2001, el spot de “Friends” se quedó sin dos palitos y jamás pude dejar de pensar en la gente que en ese instante, montaba el ascensor, miraba el audiovisual o incluso observaba el avión desde la terraza.  




jueves, 12 de febrero de 2015

FLORIDA, USA


El primer gran viaje de mi vida fue en ENERO del año 2000,  a ESTADOS UNIDOS con toda mi familia y me refiero a TODA la familia, incluidas mis cuñadas. Somos 4 hermanos, dos mujeres y dos varones, que para ese entonces ya estaban casados. Hacía mucho tiempo que no vivíamos juntos y tuvimos la grandiosa oportunidad de convivir como una familia de 8, por primera y última vez.
Salimos de casa el Martes 18 en un vuelo de VARIG que paró en Sao Pablo y de ahí, a MIAMI. Recuerdo que viajé en la ventana. No sabía qué hacer para aguantar las horas sentada, uno con el tiempo aprende a sacar vuelos nocturnos o a no dormir la noche anterior al vuelo para descansar. El bautismo de fuego fue la turbulencia en el Golfo de México, dejaron de servir la comida y cerramos las bandejas.
La primera anécdota fue cuando mamá presentó los pasaportes y le dijo a la oficial de migraciones de Miami: “Somos seven”. Quizá le quiso decir que éramos “7 más que ella, durante años la perseguimos con esa frase a cada reserva de restaurante o de carpa de playa que hacíamos, fuésemos el número que fuésemos, siempre decíamos a corito: “somos seven”.
 
Alquilamos dos autos, nuestro destino era el HOLIDAY INN de Miami, pero los rulos de las autopistas, la ausencia de GPS y de teléfonos para llamarnos, nos hizo dar vueltas por todos lados. El Holiday Inn, es un típico hotel americano de esos que tienen todo talle “extra” y están decorados en rosa pálida estilo ochentoso con una pileta en la terraza, a pesar del invierno.
 
Lo que más recuerdo de MIAMI, es la noche que me compre mi “vestido de quince”, que tres meses después use en mi fiesta.






 El Sábado 22 nos instalamos en ORLANDO en un Apart hotel inmenso que se llamaba Vistana Resort y que pertenecía al grupo RCI. Tenía una terraza que daba a un jardín de palmeras artificiales, como casi todo en Florida y 3 habitaciones, una con jacuzzi. Era un complejo cerrado con restaurantes, supermercados, cines y todo lo que puede necesitar un turista para no tener que salir nunca de ahí. Pero nosotros habíamos viajado para conocer los famosos parques de WORLD DISNEY así que el domingo comenzamos por el Animal Kingdom.

 

El Lunes 24, el mismísimo día que mamá cumplía 50 años, visitamos el Epcot. Tengo la memoria fresca de la bola plateada y de los países en miniatura que estaban dentro. Otra pista que me daba la vida, mi fascinación por las culturas. Me pasé toda la tarde de un país a otro, de una mini estatua a otra, me parecía increíble la capacidad escenográfica de transportarte así por el mundo. Puedo jurar que no era solo una ilusión física, había una música y un aroma que acompañaba cada maqueta. Lo lamentable fue que de la emoción, cometí el error fatal de abrir la tapa de mi cámara de fotos y perdí todas las imágenes de ese día. De todas formas, hay algo muy cierto: Lo que vale la pena recordar, no se olvida nunca.

 

Cuando llegamos al departamento, nos encontramos con la sorpresa de globos de aire comprimido que bajaban del techo con cintas de todos los colores, una torta igual de colorida y un champagne, cuyo corcho conservo todavía. Mamá estaba emocionadísima, doy fue que fue uno de los mejores cumpleaños de su vida.
 
 
 
 
 



El Jueves 27 fuimos al Magic Kingdom, pero no recuerdo la fecha por eso, sino porque solía tener una tradición los días 28 de cada mes a las 0.00 horas, que era llamar por teléfono a mi novio de entonces, para desearnos feliz aniversario. Aquella vez, el desafío fue enorme porque yo estaba en Estados Unidos y él en Brasil y no había ni facebook, ni whasapp, ni skype. Sólo un Star-Tac de mi papá que no habíamos podido hacer funcionar ni para avisar que habíamos llegado ni para recibir noticias, ni nada. Mi papá había contactado al responsable de MOVISTAR para quejarse, pero aún así no funcionaba. De todas formas cuando en Argentina eran las 23.59hs salí a la terraza con el celular, a mirar el cielo y en el preciso instante el aparatito empezó a sonar en mi mano. Escuché los gritos del lado de adentro y la mirada de mi papá mitad sorprendido y mitad orgulloso de su Star-Tac.

Para el Domingo 30, nuestro viaje de casi dos semanas había llegado a su fin. Lo que retengo fue la emoción de haber podido convivir una vez más con mis hermanos, como cuando éramos chicos y lo que me quedó pendiente fue una idea: En el UNIVERSAL Studio, frente la puerta de NIKELONDEON, hay una alcantarilla sellada en el año 1992, con juguetes que los niños de esa época dejaron para los niños del futuro. Va a ser abierta en el 2042, cincuenta años más tarde. Para ese entonces tendré 57 años, porque yo fui una niña de 7 en el 92. Quién sabe, quizá algunos de mis hermanos me acompañe.
 

martes, 3 de febrero de 2015

Querido Diario...

 
Hace 12 meses que no te escribo, después de una tradición que llevé a cabo durante 14 años. No sé cuál puede ser mi mejor excusa, quizá ciertas decepciones que prefería no registrar, como si se pudiera borrar también la realidad, que casi siempre es la realidad recordada.

 

La última vez que nos vimos, estaba en España, a punto de cruzar a Francia con 40 kilos de equipaje, sin papeles, con algo de dinero y sin la menor idea de cómo iba a ser de mi vida. Terminé durmiendo en casi 40 ciudades, carpa, motor-home, barco, casa, departamento, habitación prestada, estacionamientos, jamás volví a ver una percha, ni un escritorio, ni un picaporte...

 

Para ser sincera no arrancó tan mal, los primeros tres meses estuve en una casa medieval en el centro histórico de Rennes a pasos del mercado regional lleno de productos bio y de una de las bibliotecas más nutridas de la región bretona. Un sueño que como todo sueño, duró una larga noche, hasta que vi rodando mis valijas por las calles de piedra atascando cada rueda, hasta casi quebrarlas, cosa que pasó un tiempo después. Un tren incómodo y demasiado largo, me llevó hasta la ciudad de Lorient para vivir en un barco viejo, chico y demasiado húmedo en el puerto de una ciudad gris y sin gracia. De allí, sin escalas, partí en 36 horas de vuelo hacia las islas del pacífico, un paraíso en llamas por muchas razones que prefiero dejar en el olvido. En cuanto pude me escapé a Nueva Zelanda y mi pulso moribundo, se fue acelerando con la adrenalina de una tierra vendecida por la aventura.

 

El regreso a Francia fue controversial. Se sucedieron los tres meses más difíciles de todos. En carpa, hacia finales del otoño, con frío, saliendo a “buscar un yuyo sanitario” en medio de un enjambre de mosquitos, sin agua caliente, sin heladera, sin gas. Latas de comida y toallitas húmedas. Me recordó mucho al cruce de los Andes que hice a caballo, solo que infinitamente más largo, a través de autopistas, mirando de lejos la vida normal de la gente en sus casas, con sus perros y yo, que no tenía ni siquiera papeles en regla.

 

Me dolieron muchas cosas, pero sin dudas lo peor fue no poder escribir ni de la realidad en el diario que había abandonado ni de la ficción que de ninguna manera podía ser más irreal que mi vida.

 

Llegar a Argentina fue reencontrarme con mi sobrina más chiquita, con la que soñé durante todo el vuelo y con mis hermanos, mi mamá y toda la gente que me recibió en el aeropuerto. El peso del año se me notaba en el cuerpo, en la cara, en el pelo. No tuve que contar detalles. Me gustó descubrir buenas razones para quedarme, pero tuve que volver a Francia, para la revancha.

 

Y aquí estoy, hace un mes que vivo en ICARE, tiene casi 11 metros, 8 ventanas, dos habitaciones, un baño con ducha caliente, una cocina con horno a gas, una heladera inmensa, cuatro roperos, un sillón, una biblioteca y un bendito escritorio lleno de mapas para navegar el mundo, pero donde de momento apoyo mi cuaderno y mi lápiz para retomar mi diario y empezar mi próxima novela, que ya lleva 70 páginas. Nada mal.